Comparto y les recomiendo este fragmento del libro de Rodolfo Puiggrós “Historia crítica de los partidos políticos” llamado «El utilitarismo deforma la realidad». En este fragmento encontramos muchos elementos que nos permiten pensar la realidad actual y tiene una vigencia extraordinaria, no producto de la clarividencia de Puiggrós sino producto de su correcta lectura histórica sobre los distintos momentos en el que la oligarquía gobernó, lo hizo siendo funcional a los intereses extranjeros y despreciando la construcción de la política nacional y de los sectores más desprotegidos.

El utilitarismo deforma la realidad

«Hoy en los círculos dirigentes latinoamericanos desvinculados de los respectivos pueblos la marcada tendencia a tratar los fenómenos sociales de nuestros países en función exclusiva del influjo que ejercen sobre ellos las causas externas y subordinar a éstas (subjetivamente, fuera de la realidad objetiva) la totalidad o la parte decisiva de las causas internas. No conciben el paso de nuestras sociedades por sí mismas de lo inferior a lo superior, como autodesarrollo que absorbe y supera los múltiples influjos del mundo exterior. Las condenan a ser eternas colas, comunidades pasivas. El positivismo al uso de sociólogos y economistas no deja concebir para el futuro más que la repetición del pasado colonial.

Es corriente oír afirmar axiomáticamente a las gentes de esos círculos los: somos reflejo de Europa o de los Estados Unidos, y al entrar en el terreno de la profecía, en el que yacen por no comprender o para eludir el porvenir, ponen la esperanza en una nueva guerra mundial (cada día menos favorable para las minorías económicas y políticas) o en causas salvadoras que desde el exterior determinen el mantenimiento sine die de nuestra condición de factorías de imperios (cada día más desintegrados).

Quienes así piensan se declaran realistas y prácticos. Lo son, en efecto, si por realismo y práctica se entiende no ver más allá de lo inmediato, juzgar eterno el presente y negarse a admitir que Nuestra América está en plena germinación. A corto plazo ese realismo práctico, a la manera del pensamiento del hombre que contempla la vida desde atrás del mostrador, revela ser lo opuesto de lo que aparenta, pues la realidad siempre se transforma (no existe una realidad fija) y la práctica fracasa (deja de corresponder a la mutable realidad) si gira dentro del mezquino círculo de las necesidades pasajeras. Personas de capacidad práctica en la gestión de sus intereses privados resultan sin idoneidad en el manejo de los intereses públicos. Exhiben como títulos habilitantes para gobernar a sus conciudadanos sus trayectorias de comisionistas, especuladores, agentes de consorcios, abogados de empresas; pero al proyectar sus exitosas experiencias personales a las funciones de Estado actúan al servicio de los poderes economicofinancieros a los que deben sus fortunas o sus carreras. Carentes de realismo social y de sentido práctico en el enfoque de los problemas populares (la vida para ellos es un negocio), cubren con el desprecio de la teoría su total ignorancia de la ciencia política.

El utilitarismo que envenena las conciencias pretende que la sociedad sea una gran empresa administrada con estricto criterio contable y guiada por la moral de la mayor ganancia a la que se sacrifique cualquier otra consideración. De este modo, la emancipación y el bienestar de los trabajadores, e desarrollo de la revolución técnico-industrial -con la finalidad de crear una economía de abundancia para toda la colectividad y no para una minoría privilegiada- y el orgullo patriótico que ambiciona plena soberanía del pueblo natal quedan subordinados a un concepto abstracto e interesado del bien público que para conservar las apariencias exige sacrificios al pueblo, a la vez que hipoteca y humilla al país ante los poderosos del momento. El utilitarista resuelve las cuestiones cotidianas en provecho propio, pero cuando se deja avanzar hasta ocupar posiciones de gobierno muestra su ineptitud para dar soluciones generales y prueba que en las alturas, lejos del mundillo de los negocios, pierde contacto con la realidad y vive de ilusiones. Su egoísta experiencia individual lo inhibe para entender los problemas sociales.

La historia convertida en metafísica

La infección ideológica introducida por la propaganda imperialista provoca en la mentalidad colonial de los intelectuales y políticos liberales de los países que no han alcanzado su independencia económica, o no han completado su proceso de autodeterminación nacional, una gran visión deformada de la realidad social que coloca en un polo a la grandes potencias como activas transmisoras de civilización y en el polo opuesto a los pueblos atrasados como pasivos receptores de esa misma civilización. Ese cuadro abstracto de relaciones estáticas entre aquéllas y éstos permanece estereotipado de tal modo en la conciencia de los mencionados intelectuales y políticos que les resulta imposible dejar de concebir a los distintos países (grandes y pequeños, fuertes y débiles) de acuerdo al criterio aplicado por los teólogos medievales a la clasificación de las especies de la naturaleza: todas hijas de un acto creador que de una vez para siempre las hizo como son, con eternas características fijas.

A los políticos que se valen de la historia y de la economía como muletillas para justificar militancias ajenas o contrarias al devenir nacional, les vienen de perilla las tesis de los economistas e historiadores que ocultan o subestiman la función determinante de las causas internas en el desarrollo de la sociedad. Entre el economista que propone contraer empréstitos o buscar gravosas e incontroladas inversiones en el extranjero con el objeto de remediar dudosas crisis, el político que espera alcanzar el poder mediante la ayuda de alguna gran potencia y el historiador que reduce el pasado de su país a una serie de hechos cronologados formalmente con los hechos mundiales, hay diferencias de profesión y no de calidad. Todos ellos poseen la mala conciencia que en las colonias dependencias y factorías marca con su deleznable sello a las clases sociales enajenadas a las ideas y los intereses del imperialismo extranjero.

Es sutil y a menudo invisible penetración ideológica se prestigia atribuyéndose el papel representativo de la cultura cristianoccidental universalizada, o de una seudociencia basada en la razón empírica del positivismo, y del poderío económico-político-militar del grupo de naciones que se consideran a sí mismas con rango rector y derecho a mandar o a orientar a las demás. Aquí también el realismo práctico, encerrado en lo inmediato, se estrella contra una realidad en continuo cambio, pues la tendencia hacia lo universal ha dejado de ser patrimonio de la cultura cistianoccidental en la última de sus metamorfosis y la relación de fuerzas entre los países mayores y menos se modifica día a día a favor de lo nuevo engendrado en los segundos y en perjuicio de lo que en los primeros (por brillo momentáneo que conserve) concluye su desarrollo, se estanca y agoniza.

Es inevitable, por ley de todo crecimiento, que lo nuevo se consolide en oposición dialéctica a lo viejo; (asimilándolo y negándolo para superarlo) o que se frustre si se subordina mecánicamente a él. Ni lo viejo quiere ser viejo, ni lo nuevo quiere renunciar a ser nuevo. Lo nuevo nace y se desarrolla en función de sus causas internas, es decir de las contradicciones que laten en esencia de las cosas vivas y determinan sus cambios intrínsecos. Es una época de incomparable fluidez como la nuestra, en la que salen a la luz y se entrechocan antagonismos subyacentes durante toda la historia, los cambios decisivos no se registran en términos de siglos, sino de años y hasta de meses y días.

No es que las causas externas dejen de tener influencia, a veces primordial, en el nacer y desarrollarse en la sociedad. El error consiste en colocarlas en el lugar correspondiente a las causas internas, en diluir éstas al no presentar más que aquéllas, en no ver que las causas externas actúan sobre un fondo o base ya creado por las causas internas. Las causas externas intervienen en los cambios sociales por intermedio de las causas internas en la medida que estas últimas se lo permiten.

Al explicar el origen y el desenvolvimiento de sociedades latinoamericanas como resultados de relaciones puramente externas, la historia se convierte en metafísica y se supone la existencia de poderes sobrenaturales que actúan desde afuera a partir del día de la aparición de conquistador español por estas tierras. La pretendida acción determinante de tales poderes sobrenaturales da lugar a tan diversas cuan absurdas teorías. Es algo así como rehabilitación de la doctrina aristotélica del primer motor inmóvil o principio externo creador de todos los seres y cosas.»

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